«En mi casa hay mucho que ver» 

Un vecino de O Porriño conserva objetos de todo tipo en su finca porque dice que le alegra mirarlos por la ventana

Muñecos, pelotas, banderas, coches teledirigidos, herramientas, sombrillas, figuras de animales, prendas, símbolos religiosos herraduras… Su casa es como un gran bazar en el que ha colocado cada cosa de una manera intencionada para ser vista y llamar la atención. ¿Porqué lo hace?. «Hay que tomarse la vida con sentido del humor», afirma este vecino que vive solo dentro de su finca, con la única compañía de sus perros, un San Bernardo que ya tiene once años y otro más pequeño de raza indefinida.

Alfonso reconoce que le produce alegría mirar por la ventana cuando se levanta y ver semejante disposición de elementos, aunque a algún vecino le resulte un poco extravagante. Su colección de cosas le entretiene. «La vista no está siempre fija en un mismo punto, hay mucho que ver en mi casa», afirma. Y como hombre de mar que ha sido siempre, se fija en el movimiento de todas las pertenencias que permanecen colgadas al aire libre. Cuando las ve, ya sabe si hay viento, hacia dónde sopla, su intensidad e incluso puede adivinar si traerá lluvia o un tiempo seco en las siguientes horas.

Su barco

De todo lo que le rodea en su personal universo material, afirma que de lo único que no podría prescindir es de su barco, en el que trabajó durante más de una década en el puerto de Panxón. Ya es casualidad que la embarcación, de unos siete metros de eslora presida su jardín, pero así lo quiso el destino, porque Alfonso vio cómo un día lo llevaban para un desguace y paró el camión en Camos para impedirlo. Cuenta que la motora se había incendiado y durante mucho tiempo estuvo abandonada en Nigrán. Con ella pescaba al abrigo de las Islas Cíes para procurarse un sustento diario hasta que se quemó. Dice que demostró que era suya y pagó al transportista para que cambiara el rumbo hacia su casa para dar otra oportunidad a su lancha, «como la que tuvo el Alfageme». «Me quedo con el barco porque es un símbolo de mi vida, de mi pasado, ya que quiso volver a encontrarse en mi camino», afirma este hombre que siempre estuvo muy ligado al club náutico de Panxón y que ahora tiene el mar un poco más lejos, aunque no así las gaviotas, porque también llegan hasta este ayuntamiento interior en busca de alimentos.

Cuidados

Alfonso Silva Puentes siempre tiene alguna ocupación que hacer en su casa. «Quitar las hierbas es lo que más trabajo me da, para que esto quede medianamente curioso», manifiesta. Recientemente ha comenzado también a hacer unas obras para ampliar el acceso al garaje.

No le importa si le critican por tener un jardín tan llamativo. El feísmo urbanístico está tan extendido en tantas construcciones de Galicia levantadas sin licencia, que ya casi no llaman la atención. Al menos él sale de la monotonía con tanto cachibache en el jardín.

Fuente: La Voz De Galicia