«En El Pireo hacemos comida para 1.300 personas con fogones en el suelo»

La baionesa Carmen Fontán relata su experiencia como voluntaria en el puerto ateniense con más de tres mil refugiados sirios y afganos

«Me informé en Internet y localicé Canal Refugiados. Nadie venía en las mismas fechas que yo ni por tanto tiempo, así que cogí un billete para Atenas y me vine sola», explica esta joven. El resto de su viaje se fue construyendo sobre la marcha. «Al llegar al puerto pregunté a los españoles qué podía hacer y al día siguiente ya me metí en la cocina que organiza el voluntariado independiente», recuerda.

En este servicio, el grupo de voluntarios con los que trabaja Carmen, hacen comida para 1.300 personas. «Es racionada, procuramos dar alimentos frescos, sobre todo verdura, porque la cena la dona el gobierno. La traen envasada a las 20.00 horas en un camión y normalmente son patatas o pasta cocida», indica. La contrarreloj comienza a las once de la mañana. «A esa hora empezamos a picar, preparar y cocinar alimentos y sobre las cuatro conseguimos acabar y repartirlos. Sirios y afganos hacen colas por separado. La «cocina» de El Pireo «es un barracón con fogones en el suelo en el que colaboramos voluntarios españoles y de todas partes y afganos y sirios refugiados. También hay algún iraní, depende del día somos más o menos según los que se ofrezcan».

Carmen Fontán describe «un clima de tensión permanente por muchos motivos. Su futuro es incierto, no tienen apenas acceso a la información, la situación es más que precaria, no saben qué pasará con ellos. Nadie lo sabe y esas tensiones llegan a los críos. Afganos y sirios no quieren jugar juntos y los mayores discuten y pelean sobre este tema», relata la joven.

A pesar de las circunstancias y de que ni siquiera hablan el mismo idioma, «afganos y sirios conviven en cierta armonía e incluso colaboran unidos en la elaboración de la comida». Los voluntarios son bien recibidos. «Son híperconscientes de la situación del voluntariado y están siempre muy agradecidos, te dan las gracias por haber venido, en un inglés básico que es el que tenemos aquí la mayoría. A veces, incluso nos invitan a sus tiendas de campaña y comparten la poca comida que tienen» destaca Carmen. Los niños también responden en la misma medida. «A veces discuten, pero cuidan mucho al voluntario y no se despegan, buscan abrazos y el contacto y se cuelgan de uno continuamente. Es absolutamente imposible no encariñarse o no jugar, te buscan todo el día», dice.

Carmen conoce cada día historias en primera persona. «Los niños hablan de madres muertas como si fuese casi normal _se te encoge tripa y corazón cuando gestualizan la imagen de su madre muerta_). En sus dibujos es raro que no haya algún muerto o sangre y el mar», explica. La fragilidad de la vida también se ve en sus móviles. «Los que lo tienen te enseñan fotos de su vida antes de todo esto y no parecen las mismas personas», advierte.

«Todos los días gritan open the borders (abran las fronteras) como grito de esperanza más que de rabia, la verdad. Lo gritan ilusionados y se te pone la piel de gallina, porque los voluntarios estamos aquí porque queremos y podemos, y ellos no, y a veces se nos olvida» afirma Carmen. «Me vine sin entender cómo se puede llegar a esto y volveré sin poder entenderlo, pero con experiencias y vivencias únicas», declara la joven voluntaria.

 

Fuente: La Voz De Galicia